Justicia ciudadana… e infancia

A propósito de las muertes de Lissette y de Alan,
los baleos a los niños mapuche,
y los golpes a dos hermanos que cometieron
el delito de jugar en la plaza de su barrio.

La inaceptable muerte de Lissette, la niña de 12 años que estaba bajo la protección especial de SENAME produjo indignación en la ciudadanía. El Estado, que tenía el mandato de cuidarla, lo hizo a través de encierro, altas medicaciones y de maltrato disfrazados técnicamente de “contención” ante la descompensación resultante del dolor que significaba, en su dignidad de niña, la soledad, estigmatización y el aislamiento del que era objeto para su protección. Ante su muerte, tanto la sociedad como la opinión pública salieron a cazar monstruos, a pedir cabezas y encender hogueras contra esos “otros” que eran los responsables. 

Toda la sociedad, todos los sectores sociales y políticos, los medios de comunicación, al fin nos remecimos con las condiciones en que viven “esos menores”, “los otros” que, por su origen, etnia o condición de vulnerabilidad, son despojados de su categoría de “niños o niñas o adolescentes”.

El año 2016 los medios de comunicación atentos siempre a la criminalización de las demandas juveniles, difundiendo la imagen de “jóvenes delincuentes”, sin reconocer que los niños, niñas y adolescentes son el grupo con mayor número de victimización (según consta en las estadísticas de denuncias en Ministerio Público); por fin se hicieron parte de la indignación por la precariedad y falta de cuidado en que muchos de los niños, niñas y jóvenes en cuidado especial viven. 

Sin embargo, la voluntad política y nuestra actitud aún no se traduce en compromisos claros por cambios profundos por el respeto a la dignidad de todos los niños, niñas y adolescentes.

El porqué de la demora en responder no sólo tiene explicaciones presupuestarias, técnicas o políticas; esta demora se funda y nutre en el lugar que como sociedad le damos a los niños, niñas y adolescentes, en la incapacidad de los ciudadanos, del mundo adulto de reconocer la obligación que tienen sobre las condiciones de la infancia. Las miradas y salidas focalizadas que otorgan los programas sociales y en especial el SENAME, estigmatizan a la infancia atendida. Favorecen la externalización de la responsabilidad social que tenemos todos, instituciones y ciudadanos en la acogida, crianza, cuidado y desarrollo integral de TODOS los niños, niñas y adolescentes.

Externalizar pareciera una estrategia para exculparnos de la ceguera e incomodidad que nos llevó a silenciar el secreto a voces de la precariedad de los internados, de la marginalidad y miseria de las poblaciones periféricas, del maltrato ancestral y sistemático a nuestras comunidades vulnerables y de la falta de inclusión.

Por no reconocer nuestra falta, con el apoyo de reportajes sensacionalistas y faltos de rigurosidad informativa, los diagnosticamos, nos protegemos y los atacamos.

No preguntamos cómo un niño de 12 años presenta conductas agresivas y sexualizadas; al contrario, pasamos por el lado y secretamente justificamos su tortura y asesinato, como en el caso de Alan.

No responsabilizamos a quienes masificaron y naturalizaron el uso de dispositivos internet a temprana edad entre la población infantil, sin mediar la prevención de su acceso a páginas con material pornográfico; culpamos a las niñas de su sexualización, así como del ataque de pervertidos que rondan en chat.

No preguntamos por la ausencia de información sobre los niños traumatizados y atrapados trans generacionalmente en el conflicto Mapuche; aceptamos en silencio, sin reconocer que lo hacemos, su indefensión e invisibilización.

No nos detenemos ante la mirada infante del que creemos un delincuente feroz, ni aun cuando sangra casi inconsciente, herido y desarmado entre las manos de una masa violenta y furiosa; que no reconoció a dos hermanos de 16 y 17 años de edad, que haciendo uso del derecho a disfrutar los espacios públicos, cometieron el delito de pensar que podían estar seguros en la plaza de su barrio.

Nuestro silencio es cómplice. Nuestra mirada esquiva y terror fetiche, actúan igual que un calmante eficaz ante la responsabilidad que nos cabe a todos como garantes de los derechos de la niñez. De garantizar incluso el derecho a equivocarse, fundamental para el desarrollo moral crítico, ese que evita que se cometan violaciones a los derechos humanos, cuando la norma o la autoridad lo ordene de alguna manera.

Enarbolamos campañas por la vida y la seguridad, al mismo tiempo que nos enorgullecemos de eliminar “las lacras” erradicar las “semillas de maldad” que representan “esos niños”, los “otros”, olvidando que los otros, son los míos, son los tuyos, son los nuestros.

 

  • Date 19 abril, 2018
  • Tags Artículos